Derecho, Sociedad y Cultura – Ernesto Albán Gómez:

En estas páginas nos hemos referido en ocasión pasada a la sorprendente paradoja de Protágoras, sofista griego del siglo V a.C.

El caso es el siguiente: Protágoras, abogado y profesor, tomó como alumno a Evatlo, con el acuerdo de que le pagaría sus honorarios cuando ganara su primer caso. Concluida la enseñanza, pasaba el tiempo sin que Evatlo interviniera en ningún caso. Cansado de esperar, Protágoras demandó a Evatlo el pago de la cantidad debida. Su argumentación era la siguiente: si él ganaba el caso, los jueces ordenarían al demandado que pague la suma debida; y si lo perdía, Evatlo habría ganado su primer caso y, por tanto, estaba obligado a pagar lo convenido. Pero Evatlo argumentaba de esta manera: si los jueces rechazaban la pretensión de Protágoras, esto quería decir que no tenía que pagar nada; y si la aceptaban, no habría ganado todavía su primer caso y, por tanto, tampoco tenía que pagar. No se conoce qué decidieron finalmente los jueces y cómo terminó el litigio.

Pero ahora nos trasladaremos al Quijote de Cervantes (Segunda parte, Capítulo LI) y en- contaremos uno de los casos que le plantearon a Sancho Panza, cuando ejercía de gobernador de la Ínsula Barataria, y que estaban pensados para hacer mofa de él. Curiosamente el caso plantea una situación similar a la paradoja de Protágoras.

Un puente cruzaba sobre un caudaloso río; al final se elevaba una horca, y en una audiencia unos jueces debían juzgar el cumplimiento de la ley que puso el dueño del señorío, del río y del puente: “Si alguno pasare por este puente de una parte a otra, ha de jurar primero a dónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere mentira, muera por ello ahorcado”.

Pasó un hombre y al tomarle el juramento, dijo que “iba a morir en aquella horca y no a otra cosa”. Los jueces hicieron entonces la siguiente reflexión: “Si a este hombre lo dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y, conforme a la ley, debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir en aquella horca, y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre”.

Como los jueces estaban perplejos sobre lo que debían resolver, le pidieron a Sancho que dé su parecer sobre tan intrincado caso. Una vez que le repitieron el caso tres veces, Sancho dio una primera y socarrona respuesta: “Digo yo, que de este hombre aquella parte que juró verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira le ahorquen, y de esta manera se cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje”.

El que le consultaba, sin percatarse de la picardía de Sancho, le refuta afirmando que si se le dividía al hombre en dos partes, la mentirosa y la verdadera, por fuerza ha de morir y así no se cumplía lo que dice la ley.

Sancho finalmente zanja el asunto: si están en el fiel de la balanza las razones para condenarle y para absolverle, que le dejen pasar libremente, “pues siempre es alabado más el hacer bien que mal, y esto lo diera firmado de mi nombre si supiera firmar”. Pero agrega, en respaldo de su dicho, que le “vino a la memoria un precepto, entre otros muchos, que me dio mi amo Don Quijote: que cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la misericordia”. Y nadie pudo entonces mofarse de Sancho.

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