Ernesto Albán Gómez – NJ 146

Fray Antonio de Montesinos (1475-1540) fue un sacerdote dominico que integró el primer grupo de misioneros que se instaló en la isla La Española (actual República Dominicana). A los pocos meses de residir en Santo Domingo se dio cuenta de los abusos que se cometían, mediante el reparto de “encomiendas”, con los indios habitantes de la isla.

El domingo 21 de diciembre de 1512 (IV domingo de adviento), Montesinos subió al púlpito de la iglesia de los dominicos y pronunció un sermón que dejó asombrados a los concurrentes al oficio religioso. Había tomado como tema de su sermón la frase de Juan Bautista: Yo soy la voz que clama en el desierto.

“He subido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto de esta isla, y por tanto, conviene que con atención, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual voz os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás pensasteis oír… Esta voz dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine, y conozcan a su Dios y creador, sean bautizados, oigan misa, guarden las estas y domingos? ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen almas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado [en] que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.

Los españoles que habían oído el sermón, y los que no lo habían oído, se reunieron en la casa del gobernador, que no era otro que Diego Colón, hijo del almirante, y le pidieron que obligue a Montesinos a rectificarse y, luego de acusaciones (“cómo y en qué se fundaba para predicar una cosa tan nueva y tan perjudicial, en daño del rey y de todos los vecinos de aquella ciudad y de toda esta isla”), exigencias y explicaciones, se resolvió que el domingo siguiente Fray Antonio predicaría nuevamente.

Pero si el primer sermón fue duro, el segundo, redactado por toda la comunidad, lo fue más aún, corroborando su acusación con textos de los Santos Padres, y afirmando que la ley divina está por sobre cualquier ley humana. Anunciando finalmente que no se daría la absolución a quienes mantuvieran a los indios con tal explotación.

El escándalo subió de tono, los dominicos fueron expulsados de la isla y el caso llegó a la propia corte. El rey Fernando reunió a un grupo de juristas y teólogos y en 1512 se dictaron las Leyes de Burgos u Ordenanzas para el tratamiento de los indios, que fueron las primeras leyes dictadas por la corona española para su aplicación en las denominadas Indias.

Hay autores que sostienen que con los sermones de Montesinos nacieron los derechos humanos en América.

Uno de los encomenderos que escuchó los sermones de Montesinos fue Bartolomé de las Casas (1484-1566). Poco después renunciaría a las encomiendas, profesaría en la orden de Santo Domingo, recogería en su obra los sermones de Montesinos y llegaría a ser el histórico defensor de los indios americanos.

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