Ramiro Díez y el ajedrez

Le sucedió a un niño ruso de 14 años y lo marcó para toda la vida. Un día se desató una epidemia de cólera en la ciudad. No existía ningún medicamento eficaz y una de las víctimas fue su madre.

Era la Rusia del siglo XIX, y el tratamiento era peor que la enfermedad: Se sumergía al enfermo en una tina de agua casi hirviendo, y se le daban de beber abundantes líquidos. Algunos enfermos se salvaban gracias a la hidratación, pero la mayoría morían literalmente cocinados o sobrevivían con horrendas secuelas de las quemaduras.

Aquel niño presenció el tratamiento: su madre desnuda, suplicando a los gritos, ser sacada del agua hirviente. Al final murió. Dicen los psicólogos, que aquella experiencia hizo que, después, al ver o imaginar el cuerpo desnudo de una mujer, tuviera justificado terror. Entonces, en el amor, buscó compañías masculinas. Al crecer, el niño fue conocido como Pyotr Ilich Tchaikovski. Su vida amorosa con las mujeres no fue, por supuesto, la más exitosa. A pesar de ello, acordó matrimonio con una soprano belga que, pocos días antes del matrimonio, lo abandonó para casarse con otro. Tchaikovski se repuso del golpe, aunque siempre señaló que era la única mujer que había amado, y decidió seguir soltero, sin buscar mujeres, aunque ellas enloquecían por él.

Una de ellas se llamó Nadezhda von Meck, viuda multimillonaria, con doce hijos, enamorada sin condiciones de Tchaikovski y de su música. Durante años, sin conocerlo, le enviaba grandes sumas de dinero. Nunca se conocieron cara a cara, pero se cruzaron más de mil cartas rebosantes de ensoñaciones y confidencias.

Pero la condición sexual de Tchaikovski llegó a oídos de la viuda. Ella argumentó estrecheces económicas y suspendió toda ayuda. Para guardar las apariencias, o quizás buscando dinero, Tchaikovski cayó en la trampa que le tendió una loca. Una mujer, hija de mayordomos, le dijo que ella era en verdad hija de los antiguos propietarios del castillo y que heredaría una apreciable fortuna una vez fueran descubiertos los asesinos de sus verdaderos padres. Que los criminales eran los actuales mayordomos que la habían robado a ella, de niña. Toda una película que Tchaikovski se creyó y que lo llevó a los altares. El matrimonio nunca se consumó, y la mujer que era una ninfómana incontrolable, terminó encerrada en un manicomio donde murió al poco tiempo.

Solo, desesperado, en un mundo hostil que castigaba su condición sexual, sin la ayuda económica de su antigua protectora, parece que Tchaikovski buscó su muerte: aprovechó una nueva epidemia de cólera en la ciudad, tomó agua que sabía contaminada, y murió pocas horas después en medio de circunstancias oscuras.

En ajedrez, bajar la guardia, también lleva al fin.

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