Ernesto Albán Gómez*

Debo a la gentileza del apreciado amigo Patricio Ribadeneira el contar con un texto poco conocido del escritor ruso León Tolstoi (1828­1910), con cuyo título he bautizado la presente página. Fue escrito en 1908, a los pocos años de haberse reintroducido en Rusia la pena de muerte.

Recordábamos en un artículo anterior que el maestro Luis Jiménez de Asúa calificó a Tolstoi de anarquista cristiano, porque, basándose en los prin­cipios del Evangelio, negaba el jus puniendi del Es­tado. Recogimos entonces sus opiniones sobre la justicia penal expresadas en la novela Resurrección.

El texto que comentamos ahora, un patético ale­gato contra la pena de muerte, se origina en una noticia leída en el periódico de “hoy, 9 de mayo”, que le informa que doce campesinos habían sido ahor­cados, acusados de asalto con intento de robo a la hacienda de un rico propietario.

“Doce hombres que pertenecen a esa masa cuyo trabajo, nos hace vivir, exclama, esa masa que hemos depravado y continuamos todavía depravando por todos los medios a nuestro alcance… Doce hombres estrangulados por una cuerda por los mismos a quienes mantienen con su trabajo… Doce maridos, padres e hijos, pertenecientes a esa masa sobre cuya bondad, trabajo y simplicidad descansa la vida de Rusia entera, son detenidos, encarcelados y aherrojados. Más tarde, les atan las manos a la espalda y son conducidos al cadalso”.

Continúa Tolstoi relatando la escena de la ejecu­ción, al amanecer, “para que casi nadie la vea”. Comienza con la lectura de la sentencia, se toman las últimas precauciones para asegurar el resultado. Un empujón desde lo alto de un banquillo y luego la comprobación de la muerte por un médico. Final­mente los cuerpos ya rígidos y fríos son descolgados y enterrados. “¡Monstruoso! No hay otra palabra”.

Y esta escena ha sido cuidadosamente dispuesta y planeada por unos hombres cultos e inteligentes, pertenecientes a las clases superiores, pero “lo más monstruoso de todo es que no se hace impulsivamente, bajo el influjo de sentimientos que se imponen a la razón… Por el contrario se hace en nombre de la razón y con arreglo a cálculos que se imponen a los sentimientos… Estos actos prueban hasta qué punto es pernicioso al alma el despotismo, el dominio del hombre sobre el hombre”. Y peor todavía cuando se afirma que tales horrores se cometen para “restablecer el orden y la paz”.

Es por eso, agrega Tolstoi, que no puede ni quiere callarse, que debe denunciar a los responsables de tales crímenes; y es por eso que escribe estas páginas y las hará circular por Rusia y por el extranjero, con el fin o de que se ponga término a tales actos de bar­barie; o de que le metan en la cárcel en donde podrá vivir con la conciencia clara de que esos horrores no se cometen ya por su causa. Y sería aún mejor que le pongan también una mortaja y un capuchón, y que le empujen después de encima del banquillo, para que con su propio peso se apriete la cuerda enjabo­nada sobre su “viejo pescuezo”.

Y finaliza: “Recapacitad, vosotros todos, cómplices del crimen, desde el más alto al más bajo y cesad de hacer lo que estáis haciendo. ¡Cesad, no por vosotros mismos, no siquiera por los hombres vuestros hermanos, ni para que dejéis de ser juzgados y condenados, sino por amor de vuestra propia alma y por el amor de Dios que vive en vosotros!”

La historia, con trágica ironía, nos contará que, no muchos años después, en la Rusia ya sometida al poder de los soviets, y particularmente, en la funesta etapa del estalinismo, se multiplicaron por cientos las ejecuciones judiciales y extrajudiciales. Entonces se habría requerido voces, como la de Tolstoi, pro­clamando al mundo que no era posible callarse

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