Saludo a la ciudad de Guayaquil en sus fiestas de octubre y me complace presentar el perfil de uno de sus ilustres ciudadanos, el Doctor Francisco Cuesta Safadi.

Destacado jurisconsulto que siempre estuvo preocupado por la independencia de la administración de justicia, así lo demostró sobradamente en su gestión en el Consejo de la Judicatura y en la docencia. Su claro y frontal análisis ha sido expuesto a través de su actividad como editorialista sin condiciones. Tiene en su familia su razón para “sonreír y sentirse realizado”.

Con motivo de las festividades de octubre, es grato saludar a un destacado guayaquileño, ¿puede contarnos de sus padres, en qué barrio de la ciudad creció?

Nací el 16 de enero de 1928 (estoy por cumplir 90), en una zona muy céntrica de Guayaquil y luego viví mi primera infancia en el barrio del Salado. Sobrevino el divorcio de mis padres, Dr. Ignacio Cuesta Garcés y Matilde Safadi Rephani.

Coméntenos de sus estudios básicos, ¿alguna anécdota en particular?

Mi educación prosiguió en el Colegio Alemán de Quito y luego en el Colegio Mejía de la capital. Acompañé a mi padre en su exilio político impuesto por el gobierno de Arroyo del Río y cursé tercer año de secundaria en Santiago de Chile. De regreso a Guayaquil, ingresé al Vicente Rocafuerte donde el primer día de clases me trencé a golpes con dos alumnos que se burlaron de mi estrafalario atuendo: vestía de saco y corbata.

El profesor universitario pronunció la palabra “intérvalo”, acentuando la “é”, cual esdrújula. Mi corrección brotó, incontenible, y el profesor, airado, replicó con voz altisonante insistiendo en su error. Sin meditarlo, repetí mi corrección, y a ello siguió una andanada de nuestras respectivas versiones. Abandoné el aula, convencido de una inminente retaliación y maldiciendo mi imprudencia. Dos días más tarde, el mismo profesor dio comienzo a su clase afirmando inesperadamente: “Lo siento, Cuesta, tenías razón. <Intervalo> es lo correcto”. Así nació, curiosamente, una grata y larga amistad que, como era de esperarse, no sufrió nunca más de intervalos.

¿Por qué decidió estudiar Derecho?, ¿cómo nace esa vocación?

Desde mi adolescencia me familiaricé con la profesión que con éxito ejercía mi padre. La gratitud de sus clientes hacia él y la percepción cierta de que la justicia estaba ligada al buen ejercicio de ella, hicieron de mí un abogado precoz, aún sin título. Mi paso por la Universidad estuvo lleno de satisfacciones: obtuve las máximas calificaciones, gocé del premio Contenta; por ello, fui elegido representante estudiantil al Consejo de la Facultad.

Luego Usted se vincula a la cátedra universitaria, ¿cuál fue la materia dictada?

Pocos años después de graduarme desempeñé la docencia durante ocho años como profesor de Derecho Municipal.

¿Cuándo formó su hogar? Cuéntenos de su compañera de camino la señora Luisa Caputi.

Formé mi hogar hace 65 años con Luisa Caputi Campodónico, cuya ternura, amor, inteligencia, cultura y solidaridad para conmigo me siguen cautivando. Desde su infancia Luisa ha vivido para la música y el arte, y su más reciente y fructífera actuación la tuvo como presidenta de la Sociedad Femenina de Cultura y su Teatro Centro de Arte.

¿Alguno de sus hijos siguió su vocación?

Procreamos cuatro hijos varones (un cineasta y productor, un abogado, un ingeniero comercial y un licenciado en periodismo) que son motivo de nuestro orgullo.

Y nos sentimos premiados con la presencia de once nietos y siete bisnietos. Toda una comunidad vital, inteligente y dinámica. Todo un gran motivo para sonreír y sentirse realizado.

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