En la presente entrevista se resumen las experiencias y vivencias del destacado jurista Dr. Mauricio Gándara Gallegos, con quien compartimos una mañana llena de recuerdos emotivos y anécdotas interesantes.

Desde muy joven ejerció un liderazgo indiscutible y tuvo una sólida vocación por el Derecho. Sus ejecutorias en el ámbito nacional e internacional han sido reconocidas, así como su competencia como consultor independiente y como árbitro en la Cámara de Comercio de Quito.

Junto a su esposa y su familia, se cumple su sentencia: “Quien tiene un hogar honorable, de amor, lo tiene todo”.

Por: Eugenia Silva G. Directora

De origen riobambeño, ¿cuáles son sus recuerdos de niño junto a sus padres Guillermo Gándara y Virginia Gallegos?

Nací en una casa en la que hoy es el Salón de la Ciudad de Riobamba, pero crecí en una Quinta “La Joya” – herencia familiar de los Gallegos-, que aunque apenas a 10 cuadras del Municipio, la gente decía que vivíamos lejos. Esa fue nuestra felicidad, pues en sus ocho cuadras había cultivos, árboles frutales, y nosotros podíamos hacer toda clase de ejercicios y travesuras; los dos hermanos últimos levantamos barras, trapecios, lo que nos sería muy útil cuando más tarde fuimos al Colegio Militar Eloy Alfaro. Mis padres extremadamente bondadosos, liberales, tolerantes. Había muchos libros, que terminaban deshojados, pues los 8 hermanos, la mitad mujeres, éramos todos lectores; yo era el último.

¿Cómo fue su experiencia en la educación básica y secundaria?

En la primaria, estuve en el Colegio Salesiano, donde los padres salesianos impartían una excelente educación; allí estuve hasta tercer curso de secundaria cuando pasé al Colegio Militar, en Quito. Mi hermano Octavio, mayor a mí en dos años, había ingresado al Colegio el año anterior. Creo que fue por seguirle, entusiasmado por las experiencias que él me contaba, que fui al Colegio Militar, a pesar de que yo sabía, desde la escuela primaria, que yo sería abogado. Mis compañeros se reían cuando conversábamos del arma militar que cada uno prefería; unos querían ser ingenieros, otros de caballería, aquellos de artillería, y cuando me preguntaban a mí, yo decía que abogado; entonces qué haces aquí me decía mi compañero, el después General, Juan Donoso Game.

Esos tres años los pasé maravillosamente por la facilidad que había adquirido de niño en los aparatos y porque los profesores civiles me distinguieron mucho y me seleccionaban para representar al Colegio en actos académicos. En el último año, con delegados del Ministerio de Defensa, fui el ganador del Concurso más importante de ese tiempo: uno de historia de límites. Graduado de bachiller, hablé con el Director, el General Enrique Calle Solano, para pedirle que me ayudara a dejar la carrera militar y pasar a estudiar derecho, que era mi vocación. El General Calle me ayudó. El acuerdo ministerial respectivo, autorizándome a dejar la carrera para continuar estudios universitarios y confiriéndome el título de Subteniente de Reserva, se publicó el 1 de octubre de 1959. Con el General Calle continué siendo amigo muchos años más, en la vida civil y política. Debo decir que la educación en el Colegio Militar era excelente. En Quito, los profesionales más destacados consideraban un honor ser profesor del Colegio. Con muchos de ellos seguí siendo amigo en la vida. Con mi profesor, el doctor Francisco Acosta Yépez, mantuvimos una entrañable amistad y compartimos, más tarde, nuestra oficina profesional.

¿Por qué escogió la carrera de Ciencias Públicas en la Universidad Católica de Quito y posteriormente obtuvo su título en Derecho en la Universidad Central del Ecuador?

Yo habría ingresado naturalmente a la Universidad Central donde, por la tradición de mi padre, conocía que mi abuelo el doctor Ascensio Gándara había sido Decano vitalicio de medicina y en varias ocasiones, Rector, pero la mayor de mis hermanas, que fue una de las primeras egresadas de Economía, me persuadió de ingresar a la Católica – de la cual yo conocía muy poco porque era relativamente nueva-, entiendo porque pensó que tenía un ambiente más propicio para el estudio. Guardo, también, los mejores recuerdos de esa etapa: mis compañeros me eligieron, con votación abrumadora, Presidente de la Escuela de Derecho. Como Presidente me correspondió representar varios reclamos estudiantiles lo que me ocasionó reacciones adversas de las autoridades universitarias y de varios profesores. La más grave de mis diferencias se produjo a raíz de que el Canciller, doctor Neftalí Ponce Miranda, nos invitó a los Presidentes de las Asociaciones estudiantiles, de la Central (la en ese entonces famosa FEUE) y la Católica, yo por la AED (No tenía existencia legal, todavía, la FEUCE, que yo había fundado con los presidentes de las otras facultades, y cuya vigencia quedó en el vacío por mi separación de la Católica), invitación que tenía por objeto consultarnos sobre la inclusión o no del problema limítrofe Ecuador-Perú en la Agenda de la proyectada Undécima Conferencia Interamericana que debía reunirse en Quito.

Yo le agradecí al Canciller que nos consultara, pero lamenté que lo hiciera cuando ya había expirado el tiempo ordinario de aprobación de la Agenda. Al día siguiente, reuní a mis compañeros de la Asociación y enviamos una carta al Canciller manifestándole que en la Conferencia debía tratarse el problema limítrofe. Esa Carta fue publicada íntegra, con grandes titulares en los principales Diarios del Ecuador. Esa Carta contribuyó a que se cancelara la Conferencia y renunciara el Canciller. En realidad, era ilógico que la Junta Militar invitara a una Conferencia de la OEA, Organización fundamentada en la democracia. Por todas estas razones, durante las vacaciones de fin de año, el Rector, Padre Luis Enrique Orellana, me comunicó que se había decidido no concederme matrícula el próximo año y que ya habían hablado con las autoridades de la Facultad de Derecho de la Central, para que me recibieran; habían certificado mi buena conducta.

Esa es la razón por la que me gradué de doctor en Jurisprudencia en la Universidad Central. Esto me fue muy beneficioso en la vida porque conocí la vida de la Central, y a mucha gente. Allí tuve una gran actividad política contra la Junta Militar, lo que me valió de mucho en la siguiente etapa de mi vida política. Mis compañeros izquierdistas me miraron con recelo y hasta tuve recios altercados, pero, luego, al ver la manera decidida con la que combatía a la Junta Militar, pasaron a ser mis amigos y conservo su amistad hasta el día de hoy.

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