TRECE GENERACIONES DE MÚSICOS: ¿A QUÉ LE SUENA?

Era el siglo XVII y una madre dejó en la orfandad a 5 hijos. Tragedia para ellos, por supuesto y para el padre viudo que, poco tiempo después, conoció a otra mujer viuda con 4 hijos, y le propuso juntar soledades y familias. Y se casaron. Pero ese hogar con 9 hijos vivió otro drama: pocos meses después, el esposo murió, y ahora, la mujer doblemente viuda, tenía 9 hijos.

Para aclarar el panorama, la mujer devolvió los hi- jos ajenos a otros familiares del fallecido. El hermano mayor se llamaba Cristóbal y uno de los menores era Johann Sebastian. Aquella familia era de apellido Bach, y había sido de músicos y solo músicos por 13 generaciones. Tanto, que cuando la corte reclamaba un músico, publicaba un edicto que decía. “Requeri- mos un Bach”.

Cristóbal, el mayor, se encargó de enseñar al más pequeño, a Johann Sebastian. Pero Cristóbal era un egoísta: guardaba, bajo llave, unas partituras que no quería que el hermano menor aprendiese. El niño, en- tonces, aprovechaba las noches para abrir la caja, en forma secreta, y copiar y aprender de memoria las partituras. Este esfuerzo, en medio de la oscuridad, le produjo un marcado deterioro en su visión que derivó en cierta forma de ceguera precoz y parcial, que lo dejó completamente ciego al final de sus días.

Cuando su hermano Cristóbal descubrió que su her- manito conocía aquellas melodías, lo castigó y guar- dó en otro lugar ultrasecreto aquella información. Y, de paso, le quitó las copias que el niño había hecho.

Pero aquel niño no se detenía ante nada y el mundo lo conoce como Johann Sebastian Bach, el gran compositor de verdaderas catedrales musicales, y de intensos dramas humanos. Siendo el más famoso músico de su tiempo, nunca hizo una gira, nunca se alejó más de 150 kilómetros de su lugar natal, se casó dos veces y tuvo veinte hijos, cada uno con historias irrepetibles.

Al morir, muchas de las obras de Bach estaban regadas en partituras sueltas y, seguro, numerosas se perdieron. Una de sus más famosas, La Pasión según San Mateo, se salvó de milagro: un joven estudiante de música, trabajaba empacando mantequilla y, para su labor, recibió unos papeles que le parecieron extraños: eran las partituras de la famosa obra, del famoso compositor. Así se salvó aquella composición magistral. En el mundo del ajedrez, a diferencia de este otro en el que vivimos, no existen golpes de suerte.

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